Cierra Ediciones de la Flor, la editorial que publicó a Quino, Fontanarosa, Caloi Liniers, Nik y más

En el corazón de la 50ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, donde miles de visitantes recorren pasillos cargados de novedades y recuerdos, un stand pequeño en el Pabellón Amarillo cuenta una historia de final. Allí,

Ediciones de la Flor, uno de los sellos independientes más queridos y resistentes del país, ha colgado un cartel que resume seis décadas de obstinada pasión por los libros. “50 Ferias y una sola Flor. Editar libros en Argentina siempre fue una carrera con vallas y hasta aquí hemos llegado a los saltos”, reza el texto que sirve de despedida.

Fundada en 1966 por Daniel Divinsky y Ana María “Kuki” Miller, la editorial nació en un momento en que el oficio de editar todavía se parecía a un acto de fe. Su primer título fue una antología que reunía voces como las de Cortázar, Walsh y Viñas. Pronto llegaría el golpe de suerte y de convicción que marcaría su destino: en 1970 publicaron la primera recopilación de Mafalda, la tira de Quino que se convertiría en emblema generacional.

Desde entonces, la niña contestataria y sus amigos acompañaron a la Flor como un estandarte. Junto a ella, el humor filoso de Roberto Fontanarrosa, las novelas gráficas como Perramus de Breccia y Sasturain, la literatura de Griselda Gambaro, Silvina Ocampo, Clarice Lispector, John Berger y hasta la primera edición en español de El nombre de la rosa de Umberto Eco en coedición.

Kuki Miller, quien quedó al frente del sello tras el retiro de Divinsky en 2015 y su fallecimiento en 2025, camina hoy por el stand con la serenidad de quien ha tomado una decisión meditada. En conversación con periodistas, explicó que la editorial no se vende. “Simplemente cierro porque considero un ciclo cumplido para la editorial y para mí, al margen de todos los demás factores que modifican la actividad de nuestro sector”, dijo.

Y agregó, con la voz todavía emocionada: “Nuestros autores más importantes han sido nuestra familia, pero sus herederos eligieron otros rumbos”.

Ese quiebre ocurrió en 2025, cuando los sobrinos herederos de Quino, fallecido en 2020, decidieron trasladar toda la obra del dibujante, incluida Mafalda, a Penguin Random House. “Fue un golpe al corazón; De la Flor era Quino y Quino era De la Flor”, confesó Miller. La pérdida de uno de sus long sellers más importantes dejó a la editorial “herida de muerte”, según describen quienes siguen de cerca el mundo del libro argentino.

Desde entonces no imprimen nuevos ejemplares. Mantendrán una actividad mínima con unos cinco empleados hasta fin de 2026 para liquidar el stock que todavía queda en depósito y en La Rural, donde los precios invitan a llevarse los últimos volúmenes.

La carta colgada en el stand repasa con orgullo los momentos duros. “En 1975 participamos de la primera Feria Internacional del Libro de Buenos Aires y, aun estando presos o en el exilio sus editores, estuvimos en todas las que hubo desde entonces, festejando la posibilidad de encontrarnos con nuestros lectores, escuchar sus comentarios, responder sus preguntas, y sonreír con cada uno que llegaba, libro o papelito en mano, a llevarse la firma de sus autores favoritos”. Esa presencia ininterrumpida a lo largo de medio siglo habla de una editorial que nunca se doblegó ante la censura, la crisis económica recurrente ni las presiones del mercado.

Este hecho refleja las tensiones que atraviesa el sector independiente en Argentina: costos de impresión en constante aumento, contracción de las ventas de ejemplares físicos, competencia feroz de los grandes grupos editoriales y un público que, aunque sigue valorando el libro como objeto, enfrenta sus propios aprietos económicos.

Miller no dramatiza. Prefiere hablar de un ciclo que se completa. “Es nuestra última feria, y nuestro último año de actividad. Nos despedimos, sabiendo que nuestro legado vive en las nuevas editoriales fundadas por jóvenes que crecieron con nuestros libros, y que esos libros que editamos con convicción y amor todos estos años, seguirán en las bibliotecas y la memoria de nuestros lectores. Gracias a ustedes por ser parte de estos 60 años de nuestra historia”.

Mientras los visitantes se acercan al stand 1509 para comprar los últimos títulos —desde colecciones de Mafalda hasta las historietas completas de Fontanarrosa o los tres tomos de Perramus que aún cotizan alto—, el ambiente mezcla melancolía y agradecimiento. Para muchos, esas páginas no solo contaron historias: ayudaron a pensar el país, a reírse de sus defectos y a imaginar futuros posibles. La Flor acompañó dictadura y democracia, hiperinflaciones y recuperaciones, siempre con la misma apuesta por autores locales y latinoamericanos, por el humor gráfico y por una edición cuidada pero sin pretensiones elitistas.

Daniel Divinsky, abogado de formación y editor por vocación, ya no está para ver este desenlace. Kuki Miller, en cambio, cierra la puerta con la cabeza alta. No hay rencor hacia los herederos que tomaron sus decisiones comerciales. Solo la constatación de que “el mundo de los libros no es el mismo, y nosotros no somos los mismos”. En las mesas de saldos, mientras se liquidan los catálogos, queda flotando la sensación de que una etapa de la cultura argentina llega a su fin. No con estrépito, sino con la dignidad callada de quien sabe que, después de saltar tantas vallas, ha llegado el momento de detenerse.